viernes, 12 de abril de 2013

CARICIAS Y PALABRAS, EL RINCÓN LITERARIO DE MARISA GARRIDO: CULPABLE


CARICIAS Y PALABRAS…                                      
...EL RINCÓN LITERARIO
                  DE MARISA GARRIDO   



           

CULPABLE

Ahora me gusta el color gris. Hace meses lo averigüé. Antes no tenía un color preferido, ni siquiera me gustaban los colores. Pero ahora todo lo que no es de ese color me produce malestar. Gracias que todo lo es. Me hace sentir bien. Podría estar infinitos días sin dormir, sin comer y en pie. No sucedería nada y seguiría sonriendo a los que murmuran  en mi presencia. No lo entiendo, no tienen porqués suficientes, pero yo camino en silencio cuando debo y procedo cuando lo merecen. Como cuando papá me encerraba en el cuarto a oscuras una hora. Me entretenía imaginando los próximos días, me encogía en la cama y esperaba a que el tiempo corriese. Después, sonreía escuchando los lloros de mi hermano recogido en su lugar de la habitación. No aprendía. Era lógico que pagase sus descuidos. Y lo que sucedió también lo era.
No iba a concederla demasiado tiempo. Cuando me avisaron que vendría a verme me negué. No tenía nada que decir, ni explicar. Solo pensé en volver a ver su aspecto. Hacía años que no lo hacía. Estaría más arrugada, seguro. Con el cabello ahuecado, oliendo a laca reciente, con los labios carmín color chorizo y la línea negra en los ojos extendida hasta la sien. Cómo odiaba ese aspecto. Cuantas risas me causó y chistes que inventé a su costa. Sí, la verdad es que su presencia en mi vida fue curiosa y divertida y cuando se produjo el enfado y después la distancia, eché de menos los momentos.

              *Ilustración cedida por Silvia Art'disoni

Esperaba en mi silla. En segundos aparecería por la puerta. La pierna izquierda empezó a producir un tic que me incomodó. No tuve más remedio que sujetarla y el movimiento cesó. Me repelían las personas que tenían tics, siempre me habían parecido débiles y no me beneficiaba estar cerca de ellos. Ella tuvo uno durante un tiempo breve. Un movimiento enérgico de la cabeza, de izquierda a derecha con un parpadeo rápido de los párpados y una expresión horrorosa. Todo en cuestión de segundos, los mismos que yo habría tardado en abofetearla, pero primero, me dediqué a corregirle ese espantoso gesto.
La puerta se abrió acompañada de un estridente sonido. Se sentó cabizbaja y acomodé mis brazos esperando su mirada. Suponía que no tardaría en reaccionar. Yo esperaba paciente, al fin y al cabo fue ella quien decidió visitarme. El cristal que nos separaba, agrandaba sus arrugas, parecía que fuesen a tragarme, sus labios, ofrecía un pálido color rosa  y  el cabello, recogido en un moño a la altura de la nuca le daban un aspecto de una centenaria y provinciana  mujer. Cierto que todos éramos presa del paso de los años y que el deterioro era algo inevitable, pero me sorprendió ver como en ella se había agigantado. Levantó los ojos y lo hice aún más. Mi silla se echó hacia atrás y sentí repulsión. Aquellos ojos hundidos y rojos podrían dolerme hasta mí. Miré el reloj de la sala. Una hora para que nos llamasen a comer. Me gustaba el menú de ese día y sentía hambre. Lógico que cambiase la aversión de su mirada por la apetitosa comida que me esperaba.
—Quería verte antes de que te pudras.
Sonreí ligeramente. Comprendí que no sólo el cuerpo sufre con los años, y sentí lástima por aquella señora. Nadie entiende que ella se lo merecía. Siempre fue tímida e infeliz y yo quería corregirlo. Como su tic. Como los descuidos de mi hermano. Mi padre no supo remediarlo. Su madre tampoco.
Nunca entendió nuestra vida, que hombre solo hay uno. Lo demás era  un escaparate.  
        Quince minutos para  la comida. Pescado, guarnición, fruta y agua. 

*Autora: Marisa Garrido. 
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