...EL RINCÓN LITERARIO
DE MARISA GARRIDO
CULPABLE
Ahora me gusta el color
gris. Hace meses lo averigüé. Antes no tenía un color preferido, ni siquiera me
gustaban los colores. Pero ahora todo lo que no es de ese color me produce
malestar. Gracias que todo lo es. Me hace sentir bien. Podría estar infinitos
días sin dormir, sin comer y en pie. No sucedería nada y seguiría sonriendo a
los que murmuran en mi presencia. No lo
entiendo, no tienen porqués suficientes, pero yo camino en silencio cuando debo
y procedo cuando lo merecen. Como cuando papá me encerraba en el cuarto a
oscuras una hora. Me entretenía imaginando los próximos días, me encogía en la
cama y esperaba a que el tiempo corriese. Después, sonreía escuchando los
lloros de mi hermano recogido en su lugar de la habitación. No aprendía. Era
lógico que pagase sus descuidos. Y lo que sucedió también lo era.
No iba a concederla
demasiado tiempo. Cuando me avisaron que vendría a verme me negué. No tenía
nada que decir, ni explicar. Solo pensé en volver a ver su aspecto. Hacía años
que no lo hacía. Estaría más arrugada, seguro. Con el cabello ahuecado, oliendo
a laca reciente, con los labios carmín color chorizo y la línea negra en los
ojos extendida hasta la sien. Cómo odiaba ese aspecto. Cuantas risas me causó y
chistes que inventé a su costa. Sí, la verdad es que su presencia en mi vida
fue curiosa y divertida y cuando se produjo el enfado y después la distancia,
eché de menos los momentos.
*Ilustración cedida por Silvia Art'disoni
Esperaba en mi silla. En
segundos aparecería por la puerta. La pierna izquierda empezó a producir un tic
que me incomodó. No tuve más remedio que sujetarla y el movimiento cesó. Me
repelían las personas que tenían tics, siempre me habían parecido débiles y no
me beneficiaba estar cerca de ellos. Ella tuvo uno durante un tiempo breve. Un movimiento
enérgico de la cabeza, de izquierda a derecha con un parpadeo rápido de los
párpados y una expresión horrorosa. Todo en cuestión de segundos, los mismos
que yo habría tardado en abofetearla, pero primero, me dediqué a corregirle ese
espantoso gesto.
La puerta se abrió
acompañada de un estridente sonido. Se sentó cabizbaja y acomodé mis brazos
esperando su mirada. Suponía que no tardaría en reaccionar. Yo esperaba
paciente, al fin y al cabo fue ella quien decidió visitarme. El cristal que nos
separaba, agrandaba sus arrugas, parecía que fuesen a tragarme, sus labios,
ofrecía un pálido color rosa y el cabello, recogido en un moño a la altura
de la nuca le daban un aspecto de una centenaria y provinciana mujer. Cierto que todos éramos presa del paso
de los años y que el deterioro era algo inevitable, pero me sorprendió ver como
en ella se había agigantado. Levantó los ojos y lo hice aún más. Mi silla se
echó hacia atrás y sentí repulsión. Aquellos ojos hundidos y rojos podrían
dolerme hasta mí. Miré el reloj de la sala. Una hora para que nos llamasen a
comer. Me gustaba el menú de ese día y sentía hambre. Lógico que cambiase la
aversión de su mirada por la apetitosa comida que me esperaba.
—Quería verte antes de
que te pudras.
Sonreí ligeramente. Comprendí
que no sólo el cuerpo sufre con los años, y sentí lástima por aquella señora. Nadie
entiende que ella se lo merecía. Siempre fue tímida e infeliz y yo quería
corregirlo. Como su tic. Como los descuidos de mi hermano. Mi padre no supo remediarlo.
Su madre tampoco.
Nunca entendió nuestra
vida, que hombre solo hay uno. Lo demás era un escaparate.
Quince
minutos para la comida. Pescado,
guarnición, fruta y agua.
*Autora: Marisa Garrido.
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